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XPOSICIÓN

Fruto de fantasía

Desde la creación de la Casa Alejo Zuloaga, en sus espacios expositivos, nos hemos preocupado por presentar muestras que den cuenta de la profunda riqueza que asiste la labor de nuestros artesanos. Con ello hemos querido contribuir a la difusión de un trabajo que en muchas ocasiones pasa desapercibido o que, en el mejor de los casos, es visto como "curiosidad folklórica", sin atender a la significación verdaderamente artística tanto del trabajo artesanal como de los creadores de este género.

Con esta exposición de Pedro Reyes Millán queremos dar un paso adelante, conjugando al mismo tiempo la rica imaginación del artista y la destreza propia del artesano con el trabajo sobre un soporte -el taparo-, de amplias resonancias en nuestra memoria colectiva. Aquí podemos apreciar la delicada fineza con la cual se mezclan elementos como el diseño, la etnobotánica y el trabajo propiamente artesanal, haciendo de la obra de este artista un punto culminante de nuestra artesanía contemporánea.

Leonor Giménez de Mendoza
Presidenta Fundación Polar


Pedro Reyes, artesano del aire

Visitar por primera vez la Casa Alejo Zuloaga de San Joaquín, estado Carabobo, equivale a realizar un acto de reconciliación con la obligatoriedad de ser venezolano. Somos de aquí y no nos queda otro remedio que continuar; sólo que a veces también esa condición ineludible es motivo de asombro y legítimo orgullo. En los añosos corredores, ejemplarmente restaurados de ese recinto formativo y creador que es la Casa Alejo Zuloaga, el recién llegado vuelve a sentirse en su elemento originario y formador.

Acaba de despertar en «la casa»; la rústica vivienda familiar de otros años, cuyas paredes reales de pronto se evadían de las líneas del plano, para desdoblarse hacia otros espacios del espíritu y abrazar las dimensiones reales de un país. La casa, era todo lo que cabía en los ojos, cuando mirábamos desde la copa de un árbol, hasta la raya del horizonte. Y fue en esa mansión carabobeña, entre reflejos de cotoperises y flamboyanes, donde, por bondadosa invitación de su director Rafael Castro, personaje inmune al desencanto, que cultiva la utopía de lo cotidiano, en sus tratos con el arte y la literatura, donde me fue posible descubrir, en un primer contacto visual, la obra original y sorprendente de Pedro Reyes.

Lo que en realidad me esperaba, era sólo una muestra de su exposición emblemática, Un Fruto de Fresca Madera, la cual, con inaceptable modestia se identifica como «artesanía en taparas».Uno se prepara para admirar la destreza de un artesano hábil, y se encuentra de frente con lo que constituye un aspecto desconocido de la realidad; diríamos, casi la percepción de un movimiento inesperado de la naturaleza, que al primer momento nos incapacita para encontrar apoyos en el facilismo de los adjetivos. Pedro Reyes, escultor tal vez. Ilusionista del reino vegetal, miniaturista de estirpe medioeval; constructor de maquetas menos pesadas que el aire, vestuarista de criaturas imaginarias en una decoración surreal. Se corre el peligro de agredir con retorcimientos literarios la pureza temática de estas piezas, la infinita paciencia del arte manual con que fueron tratadas, la destreza de relojero antiguo con que se manipulan unas herramientas que imaginamos diminutas. Frente al trabajo de este artista, cuyos materiales, explorados hasta llegar a su sustancia espiritual, terminan por asimilarse al aire que los sostiene, sólo la ingenua y desprejuiciada contemplación, sólo el roce ocasional de la mano, la fijación de la mirada que intenta inútilmente seguir el curso de la filigrana, explorar oquedades y curvas imprevistas, nos permitirán aproximarnos con veracidad a su expresión final. Pedro Reyes, es el primero en la historia de la Venezuela verdadera, que se ha acercado con decisión y libertad, a esa dama de alcurnia de nuestros montes y sabanas, la Crescentia cujete, como supo denominarla para el mundo Carlos de Linneo. Vale decir, modestamente, nuestro verde y generoso totumo; el mismo al que en distintas regiones del país se le llama también taparo, y sabemos que no había solar de casa o choza campesina que no tuviera su taparo en el patio; porque disponer de uno de esos arbolitos que conservan su verdor durante todo el año, significaba tener a la mano el surtido de una quincalla. Con agradecida obediencia, el taparo pagaba su derecho de piso a los amos de casa, suministrando, con muy poco trabajo para ellos, la vajilla del hogar campesino y a veces también su caja de herramientas; cucharas, cucharones, totumas, embudos, maracas, alcancías, cestas, taparitas. Hasta que finalmente, un artista único en su género como Pedro Reyes, despierta la imaginación dormida en ese fruto redondeado y pulido, hijo de la tierra de condición silvestre, hasta hacer aparecer, a partir de su cáscara, la más sorprendente familia de objetos inimaginables; imprevisibles tapices vegetales, que desde su condición higroscópica, encierran y proyectan el misterio original del movimiento.

Pedro Reyes ha conseguido reunir muestras de innumerables variedades de taparos. Lo ha hecho de oído, de la misma manera como labra sus hipotéticas criaturas. Imagino que el diálogo que sostiene Pedro con sus hallazgos, en medio de la soledad del monte, forma parte de la espontánea armonía de las cosas. Y el resultado es una canción; una melodía arcaica que suena como si acabara de ser escrita; como si la silbara un muchacho que pasa.

Salvador Garmendia.


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