
Son muchas las razones por las cuales se utiliza un seudónimo, entre las que se cuentan algunas razones sociales y familiares, como la intención de preservar el “buen nombre” de una familia o, en algunas épocas, un cierto “feminismo”; razones políticas, como las exigencias de oposición y persecución de algunos regímenes políticos; razones económicas, como cuando se trata de ocultar una profesión; y razones emotivas, como los recuerdos, admiración o preferencia por algún personaje. Algunas muy buenas razones para utilizar un seudónimo en otra época no tienen sentido hoy en día, por lo que el uso del seudónimo es menos frecuente en estos tiempos que en aquellos otros llenos de prejuicios y prohibiciones; sin embargo, el seudónimo es una manera todavía utilizada por algunos autores venezolanos para firmar sus producciones. Desde el punto de vista legal, en relación con la paternidad de las obras, el artículo 7 de la Ley sobre el Derecho de Autor equipara el empleo del seudónimo, o de cualquier signo que no deje lugar a dudas sobre la identidad de la persona que se presenta como autor de la obra, a la indicación del nombre verdadero. Prevé asimismo el artículo 8 de la ley que la persona que haya hecho publicar la obra hará valer su derecho sobre la misma hasta que el autor revele su identidad y compruebe su condición de tal. En el caso específico de la duración de los derechos de autor sobre las obras anónimas, el artículo 27 de la misma ley prevé su extinción a los 50 años contados a partir del 1 de enero del año siguiente a su primera publicación. La historia de Venezuela está llena de un sinfín de seudónimos a los que no pocos estudiosos han dedicado trabajos de diversa envergadura. Se pueden destacar, sin menosprecio de muchos otros, algunos seudónimos que resultan especialmente interesantes, por los personajes envueltos o por las circunstancias que los envuelven, para el estudio de la historia. Tal es el caso de los seudónimos literarios de la época colonial, que son los primeros conocidos y datan del siglo XVIII, como el de “Un Ingenio Cántabro”, utilizado para firmar el poema Rasgo épico en que se decanta la feliz victoria que las armas españolas obtuvieron contra la armada inglesa, en ocasión que pretendía ésta apoderarse de las fortalezas de La Guayra y Puerto Cabello, en la América. Dicho poema consta de 100 octavas reales, está dedicado a Fernando de Borbón y fue editado en México. La presión a la que se vieron sometidos los integrantes de la conspiración de Gual y España, en 1797, obligó a los revolucionarios a usar anónimos y a cambiar los pies de imprenta de los materiales impresos. En ambos casos los textos fueron reconocidos por autores y editores en épocas posteriores o debidamente identificados por los historiadores. El gobernador Manuel Guevara Vasconcelos utilizó, al parecer, en sus lances poéticos el seudónimo de M. Gabilán y hay en el Archivo General de la Nación un borrador en el que el hermano de dicho gobernador agradece efusivamente a Francisco González Moreno el haber dedicado a aquél su obra titulada Fragmentos de los ensayos poéticos y ocupaciones literarias del gobernador M. Gabilán, no sin hacer hincapié en el estímulo que significa esta obra de reconocimiento para sus tareas literarias. En la tertulia de los Ustáriz, “templo de las musas caraqueñas”, surgen hacia 1800-1810, artistas de valía que deleitan a los caraqueños con poemas, relatos y teatro original, de gran aceptación popular, algunos de ellos firmados con seudónimos o iniciales como en el caso de la tragedia La Virginia firmada por su autor Domingo Navas Spínola sólo con 3 letras DNS. De la prensa de la Primera República merece destacarse la actuación de Andrés Bello, redactor de la Gaceta de Caracas desde octubre de 1808, cuyos artículos fueron redactados en forma impersonal o utilizando la tercera persona y el seudónimo El Redactor para referirse a sí mismo, como era la costumbre de la época y requerimiento expreso de la forma periodística, en la que el anónimo, el seudónimo o la identificación del cargo, oficio o función era lo más indicado. La única excepción estaba en los documentos oficiales, firmados por las autoridades, y algunas cartas o remitidos. Francisco de Miranda se valió de seudónimos muchas veces para sustraerse de la vigilancia de las autoridades peninsulares. Utilizó el de José Amindra en varias cartas escritas en la prisión en sus últimos días. También Simón Bolívar se valió de los seudónimos en los avatares de su vida pública, utilizando el de J. Trimiño para firmar las sátiras contra José Domingo Díaz, en una “Carta al redactor de la Gaceta de Caracas” publicada en el núm. 56 de la Gaceta de Bogotá el 20 de agosto de 1820. El Libertador había utilizado “Un Caraqueño” para firmar su Memoria a los ciudadanos de Nueva Granada en diciembre de 1812 y “Un Americano” para la Carta de Jamaica de 1815. Notable fue también la polémica que se levantó entre Juan Vicente González y Antonio Leocadio Guzmán desde mediados de 1846 en la que González se llama a sí mismo “Cicerón” y denomina “Catilina” a Guzmán; siendo éste un encontronazo político pleno de repercusiones morales que conmocionó a la opinión pública de la capital durante bastante tiempo. Guzmán Blanco utilizó el seudónimo Alfa para firmar todos los artículos de que se valió en sus polémicas políticas con Ricardo Becerra, redactor de El Federalista, en agosto de 1867. También se sirvió del mismo seudónimo en 1883 en sus columnas de La Opinión Nacional. Biógrafos de aguda penetración y riesgosas intenciones utilizaron seudónimos para firmar sus obras; tal como lo hicieron José G¸ell y Mercader (Hortensio) que escribió la biografía de Guzmán Blanco y Pedro María Morantes (Pío Gil) en la biografía de Cipriano Castro, a quien llamó El Cabito, ambas obras de destacada importancia en el estudio de los personajes y de la época. Durante la dictadura de Juan Vicente Gómez no pudo haber oposición abierta al régimen en la prensa regular por lo que la alternativa sólo podía darse por la vía de la clandestinidad, para los que se hallaban dentro del país, o por la crítica abierta hecha en publicaciones editadas fuera por los opositores exiliados. En publicaciones clandestinas, como las del periódico humorístico El Imparcial, el anónimo y el seudónimo hallaron una necesaria cabida. El periódico, que era una hoja multigrafiada escrita en casi su totalidad por Andrés Eloy Blanco, traía artículos de toda clase firmados por María de la Luz Eléctrica, y muchos otros. El mundo del humorismo, de relación constante con la política, está lleno de seudónimos entre los que se destacan el de Pedro Antonio de Alayón, utilizado por Manuel Vicente Romerogarcía en los avatares de La Delpiniada en febrero-marzo de 1885; Paolo, del caricaturista Paulo Emilio Romero en los periódicos El Autógrafo, La Ilustración Venezolana y La Caricatura; Max, de Maximiliano Lores, y Lumet, de Luis Muñoz Tébar, en La Linterna Mágica, principal órgano de promoción de La sacrada, en el carnaval de 1901; Job Pim, de Francisco Pimentel, y Leo, de Leoncio Martínez, humoristas dedicados y principales críticos del gomecismo. Ya en el período postgomecista resalta la aparición de El Morrocoy Azul, semanario humorístico, en el que descuella la colaboración de Miguel Otero Silva con innumerables seudónimos (Sherlock Morrow, Morrocuá Descartes, Lucido Quelonio, Er Morrocó Cañí, entre otros) y como nota curiosa, la participación de Rómulo Betancourt con el seudónimo de Clemente Votella. El estudio de los seudónimos utilizados por los personajes relacionados con la historia del país puede ser una muy buena manera de llegar a dar un mayor sentido a razones involucradas en el desenvolvimiento de los hechos.
Son seudónimos aquellos nombres falsos que usan los autores para firmar sus trabajos de cualquier género con la intención de ocultar la autoría de los mismos y por extensión, las obras así firmadas. No se consideran seudónimos los apodos (nombres dados a las personas tomados de sus características físicas, espirituales o circunstanciales), los sobrenombres (nombres con que se distingue especialmente a una persona) y los nombres de tablas (relacionados con la actividad artística de representación popular) o de brega (relacionados con el ejercicio de una profesión, como en el caso de los toreros). Por hallarse rodeados de las mismas circunstancias, los anónimos y los nombres de letras se relacionan íntimamente con los seudónimos. Aunque usados algunas veces en forma intencionada son los anónimos, en muchos casos, una respuesta a las exigencias de un tipo de publicación o de las costumbres de una época; tal es el caso de los falsos seudónimos (como el de Un Ciudadano), que equivalen a anónimos, o el de El Redactor de la Gaceta de Caracas, usado por Andrés Bello en aquel periódico. También hay anónimos que son resultado de nuestra falta de información. Los nombres de letras no son otra cosa que seudónimos permanentes que han llegado a sustituir en muchas ocasiones los verdaderos nombres de los autores. Especialmente interesante resulta el fenómeno de los seudónimos compartidos por 2 o más autores en diferentes épocas, como el de Emiro Kastos, utilizado por Fermín Toro en algunas de sus primeras producciones y posteriormente, por Juan de Dios Restrepo, de Colombia; y los seudónimos colectivos, utilizados por grupos de autores que han decidido trabajar juntos, como el de César Cienfuegos en el diario La Esfera.
Olga Santeliz Iturrieta
Información tomada de: Diccionario de Historia de Venezuela. 2da Edición. Caracas: Fundación Empresas Polar, 1997.
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